jueves, 12 de marzo de 2009

LA 2

Cada 8 de marzo alrededor del planeta se celebra el Día Internacional de la Mujer. La fecha resalta el rol y los aportes de la mitad de la población de la humanidad que a lo largo de las centurias ha sido subordinada, marginada, silenciada e invisibilizada. La asimetría en las relaciones entre hombres y mujeres ha sido la constante y ha estado presente en todos los niveles socioeconómicos. Esta fecha intenta, además, llamar la atención sobre las políticas, enfoques y cambios necesarios que requieren los países —especialmente aquellos que están en vías de desarrollo, como el nuestro— para que la igualdad entre hombres y mujeres sea una realidad cotidiana. Las cosas no han sido fáciles. Recordemos, por ejemplo, que las peruanas accedieron al derecho al voto recién en 1955, en el gobierno de Odría, y que en pleno siglo XXI una mujer puede llegar a ganar menos de la mitad de lo que gana un hombre por desempeñar un trabajo similar. Pero las cosas están cambiando, para bien de todos y de todas. El Dominical celebra este día con esperanza y optimismo, en un país donde cada día más mujeres son protagonistas de la historia y toman las riendas de su destino.
MMMQ

FRASES PARA NO OLVIDAR
“La educación de las mujeres debe siempre ser relativa a los hombres”
Así opinaba Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), escritor, músico y filósofo cuyas ideas políticas influyeron grandemente en la Revolución Francesa, las teorías republicanas y el nacionalismo. Curiosamente, el ilustrado Rousseau pensaba que las damas debían ser educadas “Para satisfacernos, sernos de utilidad, hacernos amarlas y estimarlas, para que nos eduquen cuando somos jóvenes, para aconsejarnos, consolarnos, hacer nuestras vidas fáciles y agradables; estas son las tareas de las mujeres durante todo el tiempo y lo que se les debe enseñar en su infancia”.

ES MUNDIAL
DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER
Hoy domingo 8 de marzo se celebra alrededor del planeta el Día Internacional de la Mujer. Una fecha oficializada en 1975 por las Naciones Unidas para hacer visible el importante papel de las mujeres en la sociedad y los principales problemas que deben enfrentar. Estamos frente a una tradición de casi un siglo de lucha de las mujeres por la igualdad, la justicia, la paz y el desarrollo. Un día que empezó a celebrarse poco a poco, por propia iniciativa de obreras, sufragistas e intelectuales estadounidenses y luego europeas, hace ya largas décadas. Este año, bajo el lema “Invertir en las mujeres y las niñas” —en palabras del administrador del PNUD, Kemal Dervis— “recordamos el hecho de que, en todo el mundo, demasiadas mujeres continúan siendo miembros invisibles, desprotegidos y mal pagados de las sociedades en que viven”. Para el secretario general de la ONU, Ban-Ki-moon, “No hay otra medida más importante para promover la educación y la salud, incluida la prevención del VIH/sida, ni otra política más propicia para mejorar la nutrición o reducir la mortalidad materno-infantil. Todos los que integramos la comunidad internacional hemos de calcular el costo económico que supone la persistente desigualdad entre los géneros y los

TRAS LA POLVORA, MANUELA

Según cuenta Ricardo Palma en una de sus tradiciones, él conoció a Manuela Sáenz en el puerto de Paita en 1856, cuando ella era “una señora de abundantes carnes, ojos negros y animadísimos, en los que parecía reconcentrado el resto del fuego vital que aún la quedara” como “mujer superior acostumbrada al mando y a hacer imperar su voluntad”. Como es de suponer, Manuela le inspiró al tradicionista un respetuoso sentimiento de amistad, que no cambió en nada la otra imagen que él tenía de ella: “era una equivocación de la naturaleza, que en formas esculturalmente femeninas encarnó espíritu y aspiraciones varoniles. No sabía llorar, sino encolerizarse como los hombres de carácter duro”. “Leía a Tácito y a Plutarco; estudiaba la historia de la Península en el padre Mariana, y la de América en Solís y Garcilaso; era apasionada de Cervantes, y para ella no había poetas más allá de Cienfuegos, Quintana y Olmedo”.

Y es que tanto para la sociedad limeña como para los habitantes de Quito, que la vieron sobre “un potro color jaspeado, con montura de hombre, pistoleras al arzón y gualdrapa de marciales adornos”, sofocando un motín antibolivariano, el comportamiento de Manuela fue un escándalo, que a decir de la moral cristiana de la época, bien mereció el castigo divino que le fue impuesto: la negación de la maternidad.

A Manuela se la acusó de ejercer “principios insanos”, no por abandonar a su esposo para convertirse en la amante de Simón Bolívar, sino por intervenir en un ámbito vedado para las mujeres: la política.

Si bien en su primera estadía en Lima (1818 – 1822), esta librepensadora divulgó los ímpetus libertarios (por los cuales, junto a otras damas limeñas, recibió de San Martín la condecoración de la Orden del Sol), solo al conocer a Bolívar dio rienda suelta a su espíritu, constantemente contrapuesto al pensamiento del padre, español enemigo de los rebeldes, y a la frialdad de su esposo, médico inglés que le doblaba la edad.

Fue en Quito, el 16 de junio de 1822, cuando Manuela conoció a Bolívar, quien llegó a la ciudad después de la victoria conseguida en la batalla de Pichincha por el general que, meses después, fuera amigo incondicional de Manuela: Antonio José de Sucre. A partir de ese día, su vida dio un giro y la llevó a asumir el peso de la eternidad, al realizar tareas de espionaje e inteligencia, manejo y protección de los archivos oficiales, investigación y disolución de las conspiraciones contra Bolívar, difusión de las ideas libertarias, con pluma fina y gran erudición, así como también, a cabalgar junto a las tropas por las cordilleras de la sierra peruana, organizar un sistema de sanidad durante la avanzada y permanecer con el ejército, como teniente de húsares, hasta la batalla que proclamó la Independencia Americana en los campos de Ayacucho. “Se ha destacado particularmente Doña Manuela Sáenz por su valentía; incorporándose desde el primer momento a la división de Húsares y luego a la de Vencedores, organizando y proporcionando avituallamiento de las tropas, atendiendo a los soldados heridos, batiéndose a tiro limpio bajo los fuegos enemigos; rescatando a los heridos”, le escribió Sucre a Bolívar desde el frente de Batalla, el 10 de diciembre de 1824, solicitándole se le otorgue el grado de coronel del Ejército Colombiano.

Reconocimiento que no le sirvió de nada a la muerte del Libertador, pues el Gobierno Colombiano la desterró por conspiradora, condenándola a una soledad, tan profunda como su grandeza, en Jamaica y, más tarde, en el Perú, donde murió víctima de la difteria en 1856.

Al cumplirse este año el Bicentenario del Primer Grito de Independencia del Ecuador, ubicar a Manuela Sáenz como una de las mujeres más importantes del siglo XIX, cuya vida conmovió a Neruda y lo motivó a escribir el poema “La Insepulta de Paita”, incluido en el Canto General, reafirma el ascenso póstumo al grado de generala (2007), que le fuera otorgado por el presidente Correa y suscrito, a pesar del tiempo, por el propio Libertador: “Ella es también Libertadora, no por mi título, sino por su ya demostrada osadía y valor, sin que usted y otros puedan objetar tal. (...) De este raciocinio viene el respeto que se merece como mujer y como patriota”. Carta de Bolívar a Córdova. Bucaramanga, 7 de junio de 1828.

LA AVENTUIRA DE LA BICICLETA

or: Fanni Muñoz C

Corre velo, corre con tu luz brillante, sobre ti cabalga el progreso.
Theódore Deckert, 1890

En Lima, las primeras bicicletas o velocípedos se vieron en 1890. Fueron traídas desde Europa por los hermanos Miró Quesada. Este ejemplo fue seguido por estudiantes, comerciantes y profesionales, procedentes de sectores altos y medios como Pedro de Osma, Carlos Gildemeister, Arturo Crosby y Max Jacoby.

Si bien la bicicleta era un aparato costoso, las casas de alquiler fueron una alternativa para todo aquel que quisiera lanzarse a la aventura. La repercusión de la bicicleta en la sociedad fue de tal magnitud que el 12 de enero de 1897, en el Teatro Olimpo, se estrenó la pequeña obra “En bicicleta” compuesta por el dramaturgo peruano Manuel Moncloa y Covarrubias.

Aunque el discurso acerca de la importancia y beneficios del ciclismo iba dirigido a los hombres, enfatizando el aspecto varonil de dicho deporte, las señoritas también mostraron mucho interés. Como anotaba El Comercio, las muchachas asistían al Parque de la Exposición —lugar que se convirtió en un espacio ideal para practicar el ciclismo— donde podían realizar sus primeras maniobras sin ningún temor, puesto que había una avenida para aprendices.

Entre los beneficios que se le asignaron al ciclismo para las mujeres era el relacionado con su salud. Según Luis Varela Orbegoso, autor de la conferencia “La educación física de la mujer”, dictada en la Universidad Mayor de San Marcos en 1899, “La bicicleta era muy saludable para las pobres de sangre y de oxígeno. Activa la respiración y tonifica el sistema nervioso, favoreciendo ciertas articulaciones”. Pese a estas recomendaciones, recién en 1907 se registró una carrera de ciclismo en la pista del Club Lima y donde, como señala el periodista de la revista “Aire libre”, “tomaron parte las señoritas Navarro Mar Guislain, Marta Quistorff y Anita Gaffron. La victoria correspondió a la Srta. Quistorff (...) la aplaudieron a rabiar”.

Deporte y emancipación de la mujer
Para las mujeres de la élite, esta nueva diversión marcó una clara diferencia con entretenimientos a los que estaban habituadas, como las tertulias, en los que el estereotipo de la mujer se asociaba con la coquetería y la vida alegre y frívola, propios de sociedades cortesanas. El ciclismo se constituyó en una apropiación del espacio y de la libertad que revolucionó a la sociedad limeña, pues ellas estaban confinadas a una vida sedentaria y rutinaria.

Los periódicos y revistas de la época dan cuenta de la importancia que tuvieron los deportes en la emancipación femenina. Los deportes favorecieron la libertad de acción de las mujeres. La moda se tuvo que hacer más funcional para las nuevas necesidades que imponían deportes como el ciclismo. Quizás hay que comprender estos pequeños detalles para ver los avances en la liberación de la mujer. De un cuerpo aprisionado se pasa a un cuerpo más libre.

Con el ciclismo las mujeres comenzaron experimentar un mundo libre, con fronteras amplias; al mismo tiempo, este deporte se convirtió en un símbolo del ser moderno y se vinculó con lo nuevo y con una nueva estética.

En el caso de las mujeres, la práctica de este deporte fue objeto de polémica por parte de la comunidad médica y cierto público. Se creía que esta actividad podía masculinizar a las mujeres, hacerles perder la virginidad o despertar en ellas una especie de masturbación deportiva. Frente a estas opiniones adversas, otras voces se erigieron a favor. Para la revista “El sport”, montar bicicleta era aconsejable para tener una buena salud, conservar la belleza femenina y favorecer la crianza de la familia. La polémica sobre el empleo de la bicicleta por parte de las mujeres, en el fondo, sacaba a la luz el problema de la redefinición de los roles sexuales que se estaba produciendo durante estos años. El papel doméstico de la mujer comenzaba a cambiar. Desde este punto de vista, la bicicleta era un elemento que propiciaba el mundo hacia “afuera”.

[*] Fanni Muñoz Cabrejo. Coordinadora Área de Sociología. Facultad de Ciencias Sociales, PUCP,.

+ Las fuentes
El presente artículo ha sido tomado de Fanni Muñoz Cabrejo: “Diversiones públicas en Lima (1890-1920): la experiencia de la modernidad” (Red para el Desarrollo de las Ciencias Sociales en el Perú, 2001, págs. 21-219) y, de la misma autora, “¡Todo está bien, pero que no se parezcan a los hombres! Las mujeres y la aventura de los deportes. Lima a inicios de siglo XX” (ponencia presentada en el XXIII congreso de la Latin American Association, Washington, 5 al 9 de setiembre, del 2001).

MEMORIA Y VINDICACION

¿Cuándo empezó a manifestarse la desigualdad de las mujeres? Claude Lévi Strauss, uno de los padres de la antropología moderna, se remonta al inicio de la construcción de las relaciones sociales como el momento de la aparición de una valoración diferenciada de hombres y mujeres. Las mujeres eran objeto de intercambio, mientras que los hombres eran dadores y tomadores de mujeres.

La interrogante sobre el por qué de la desigualdad de las mujeres se da por primera vez en la antigua Grecia. Las mujeres en esta sociedad tenían la condición de los niños y los esclavos; es decir, no accedían a la ciudadanía. Esta práctica era sustentada por los mitos, que presentaban dos proyectos de ser humano, el masculino y el femenino, cargados de significados opuestos.

Los sofistas son los primeros en levantar el tema, pues valoraban la cultura con sentido de justicia y virtud política, como una necesidad del ser humano para sobrevivir. Platón responde en “La República”, proponiendo la misma educación para hombres y mujeres.

Aristóteles sistematizará racionalmente las valoraciones opuestas del hombre y la mujer: “por naturaleza, el uno es superior; la otra, inferior; por consiguiente, el uno domina; la otra es dominada” (“La política”). Para la filósofa Celia Amorós, Aristóteles inaugura la tradición de pensadores que legitiman la visión del hombre como razón y cultura y de la mujer como naturaleza. La mujer-naturaleza no accede al estatuto de la individualidad “que es el estatuto cultural por excelencia” y, por lo tanto, no accede a la autoconciencia que ella implica.

Amorós distingue dos tipos de discurso sobre las mujeres. El primero, anterior a la aparición del feminismo, que denomina “memorial de agravios”, recoge las quejas de las mujeres ante la situación social en que vivían, pero no cuestiona la diferencia de poder frente al varón. Un ejemplo es la obra “La ciudad de las damas” de Christine de Pizan (Italia, 1364-1430), que significó una de las primeras manifestaciones del debate conocido como la “querelle des femmes” que estaría presente en Europa desde el siglo XV hasta el XVIII.

El segundo es el “discurso de la vindicación”, a través del cual se va generando la noción de igualdad. Es hijo de la Ilustración, contexto en el que la demanda por la igualdad de las mujeres se hace pública y colectiva, en el marco del discurso ilustrado sobre la libertad y la igualdad. Su principal teórico, Rousseau, niega a las mujeres no solo estos derechos, sino también su libertad y autonomía, que eran principios fundamentales de la Ilustración.

Surgen voces cuestionadoras, como la de Condorcet, que aboga por “la mitad del género humano”, que tiene “el mismo derecho que los hombres a la instrucción pública” y afirma que se han violado todos los principios de igualdad al excluirla del derecho de la ciudadanía (1790).

Mary Wollstonecraft, en “Vindicación de los derechos de la mujer” (1792), reivindica la moral de la individualidad de las mujeres y la capacidad de elegir su propio destino. Olympe de Gouges proclama la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, y muere en la guillotina por faltar a sus deberes de esposa y de madre (1793).

En este debate se va construyendo la teoría feminista, alimentada por las demandas políticas del mismo movimiento. No solo mujeres van a aportar a ella, también filósofos como John Stuart Mill y John Locke, entre otros, que van a señalar que la exclusión de las mujeres tiene sus bases en prejuicios arraigados en la humanidad. El sufragismo también aporta a este debate a partir de su demanda al derecho al voto y a la educación.

Este período se cierra con la publicación de “El segundo sexo” de Simone de Beauvoir (1949) que busca explicaciones a la desigualdad de la mujer a través de una mirada interdisciplinaria. El discurso de la desigualdad adquiere otras características y, aunque hoy esta obra sea objeto de muchos debates, inaugura una nueva época, no solo para la teoría feminista, sino también para su práctica.

las invisibles

Los pueblos indígenas en el Perú habitualmente son “invisibles”: sus problemas no son tomados en cuenta, no existen para muchas instituciones del Estado, a la hora de desarrollar políticas educativas estas no se adaptan a su cultura y sus problemas no se convierten en noticias para los medios hasta que estalla algún conflicto. Si eso ocurre con los pueblos indígenas en general, imaginen lo que pasa con las mujeres de estas comunidades. Las mujeres indígenas tienen menos acceso a la educación —y a los servicios en general— y es alto el grado de analfabetismo entre ellas. Al ser ellas las que mantienen con más fuerza sus tradiciones y su identidad, en su vestido y en el idioma, sufren de discriminación con mayor frecuencia. Aunque sus familias muchas veces dependen de ellas, no se valora su importante aporte a la economía familiar, ni en sus casas ni en sus comunidades, ni en el país en general. Al igual que muchas otras mujeres, son víctimas de violencia. Finalmente, si bien cada vez más mujeres indígenas asumen liderazgos y participan en política, ello aún es muy limitado.

Es claro que es necesario desarrollar programas que apoyen a las mujeres indígenas, pero estos deben ser específicos para ellas y tomar en cuenta sus características particulares. Debemos diferenciar a las mujeres indígenas del resto de mujeres, porque las primeras provienen de diferentes pueblos, con distintas culturas, patrones de organización, cosmovisiones, sistemas de parentesco e idiomas distintos; además, viven problemas particulares para acceder a la educación, la salud y los servicios básicos. Un primer paso es contar con datos estadísticos diferenciados por pueblos culturalmente distintos, lo que haría posible iniciar la formulación de políticas y programas que busquen mejorar sus condiciones de vida y favorecer el ejercicio de sus derechos.

En el plano internacional, la aprobación de la Declaración de la ONU sobre los derechos de los pueblos indígenas y del Convenio 169 de la OIT constituyen avances significativos para la defensa de los derechos indígenas. Es necesario que estos avances, que el Perú promovió, se concreten en cambios constitucionales para asegurar el ejercicio pleno de los derechos humanos individuales y colectivos de los hombres y mujeres indígenas.

Por otro lado, muchas mujeres indígenas vienen participando activamente en sus organizaciones, ganando espacios públicos para demandar el respeto de sus derechos individuales y colectivos. En el Foro Social Mundial (Brasil 2009) las mujeres indígenas aportaron en los temas de soberanía alimentaria y cambio climático, propusieron con mucha sabiduría el vivir bien y los derechos de la naturaleza como conceptos básicos de un modelo de desarrollo alternativo que conjugue la búsqueda del respeto a los derechos de unos y otros con el respeto a la naturaleza que nos acoge.

La búsqueda por reducir las brechas de desigualdad entre hombres y mujeres indígenas, y entre ellos y los no indígenas sigue siendo un desafío. Más aún cuando en nuestro país persiste un ambiente discriminatorio, con prejuicios, estereotipos e intolerancia que lo refuerzan. Esto dificulta el logro de una sociedad más democrática, dialogante, menos conflictiva y menos excluyente. Hay pasos concretos que se pueden hacer ahora: mejorar los censos para que incorporen variables que permitan identificar la situación en la que viven las mujeres indígenas; seguir fortaleciendo las políticas de salud intercultural así como la educación bilingüe; apoyar la incorporación de mujeres indígenas a la política. Pero lo que se necesita sobre todo es la voluntad de hacerlo.

En este Día Internacional de la Mujer reflexionemos sobre la situación y condición de las mujeres indígenas del Perú y del mundo y hagamos el esfuerzo de entender, con una lógica distinta, que también ellas deben ejercer sus derechos individuales y colectivos, reconociendo al mismo tiempo, la igualdad en la diversidad.

silveria tufinio herrera

Silveria Tufino Herrera. Seguramente este nombre, de buenas a primeras, no signifique nada y lo más probable es que pocos identifiquen como un suceso histórico necesario de ser recordado, lo vivido en su comunidad durante los años sesenta. Silveria es una de tantas mujeres anónimas y la historia de su comunidad se vuelve significativa gracias a la fuerza que le otorga la memoria colectiva dentro de un entorno de reivindicación y lucha.

“En Huayllacancha las balas sonaban, el tiempo estaba nublado, en el camino se veía a un grupo de militares de asalto al mando de un superior. Los comuneros se defendían con palos y hondas, las mujeres con sus hijos en la espalda, los militares con caballo detrás de ellas. Y entre todas esas mujeres, Silveria con sus dedos en pedazos. De un balazo le sacaron la mano cuando se agarró del poste. Le pegaron, la maltrataron, pero no quiso salir. Como no se rompía aunque la jalaran, entonces le dispararon en el estómago, le destrozaron las vísceras. Así la llevaron al Hospital Esperanza, ensangrentada. Silveria murió en el momento en que le realizaban la operación, no la pudieron salvar porque estaba destrozada”.

Silveria Tufino Herrera murió el 2 de mayo de 1960. Cuando los comuneros de Rancas, enfrentados con un contingente policial que los superaba en número, habían tomado posesión de las tierras que por derecho les pertenecían y que la entonces Cerro de Pasco Corporation se negaba a entregarles. Después de 49 años, lo vivido aquel día y la desaparición junto a Silveria Tufino de Teófilo Huamán y Alfonso Rivera se relata en su comunidad con tanta pasión e indignación como si aquello hubiera ocurrido ayer.

Silveria era una madre de familia cansada de abusos y decidida a hacer respetar sus derechos como mujer y comunera. Cierto día, durante la primera semana de enero llega Silveria a la casa de su hermano Florentino y le dice, entre lágrimas: “Papá, ayer me ha pateado Donora”. Antonio Donora era el segundo administrador de la hacienda Pacoyán. Esa mañana las vacas que cuidaba Silveria habían pasado el cerco en busca de pasto y ella había pasado a recogerlas. Ahí nomás había aparecido el gringo del caballo y, al verla, se detuvo. Silveria recogía sus vacas, el gringo bajó de su caballo y la agarró a puntapiés.

A partir del recuerdo y la resistencia al olvido, la memoria documenta, selecciona y transmite mediante la oralidad este suceso. Así, en Rancas, a través de los testimonios, generación tras generación se han ido enterando de la masacre de Huayllacancha y de la importancia de este acontecimiento dentro de los levantamientos campesinos en el centro del Perú. Una de las tantas luchas reivindicadoras que no ha sido recogida ni reconocida por la historia oficial. Aquella que, en lugar de otorgarles visibilidad, les niega el reconocimiento a los verdaderos hacedores de la historia de este país:

“Fue muy valiente al enfrentarse a los varones, a los gamonales. Ella era mujer y los demás eran policías, gamonales, eran puros varones. A los gamonales no les ha importado; sean hombres, sean mujeres, les han disparado nomás”.

Historias como las muertes de Huayllacancha y la lucha contra las injusticias explotadoras, dominadoras y usurpadoras se repiten con tanta constancia en este país empobrecido, en el que las diferencias no hacen más que radicalizarse cada día, registros que deberíamos reclamar a la historia oficial, plagada de intereses políticos. Silveria no era muy diferente a muchas mujeres de hoy en día:

“Ella fue una mujer de carácter, de bastante coraje. Era mujer de una sola palabra. No era una mujer posicionada en cuanto a economía, era pobre. No le alcanzaba el tiempo y no era tan preparada como para darles una buena formación a sus cuatro hijos, los criaba sola y se dedicaba a buscar pan y ropa para ellos”.

Estas historias de vida se conocen por la transmisión oral y sobreviven al tiempo por la resistencia al olvido. Porque finalmente la vida está hecha de héroes anónimos, aquellos que se fueron sin lauros ni loas, con sufrimiento y dolor, confiando en que sus luchas sean los pasos iniciales para dejar de someterse a las injusticias.

el siglo de las mujeres

El siglo de las mujeres
Una reflexión masculina.Intuición, creatividad, tolerancia, responsabilidad y entereza son características claramente femeninas que dan cuenta del actual ascenso de la mujer. Bienvenido sea.

Por: Guillermo Rivas*

Decir que la mujer ha empezado a demostrar que nos lleva alguna ventaja puede parecer oportunista. Sin embargo, esta es una convicción que me acompaña crecientemente durante las últimas décadas.

El dominio del hombre surgió merced a la violencia que empezó a generalizarse en alguna época de nuestra historia, cuando unos pueblos, debido a circunstancias diversas, se tenían que enfrentar a otros. La duración de este dominio, a pesar de que parece llenar toda la historia conocida, no ha sido tan extensa como los milenios en que el matriarcado imperó en nuestro planeta.

La mujer es la artífice de los más grandes descubrimientos de la historia de la humanidad: la agricultura y la ganadería y con ello nos catapultó hacia el mundo civilizado.

¿Qué circunstancias han concurrido para que durante las últimas décadas la mujer empezara a recuperar la posición, por lo menos de igualdad, que le toca en nuestra sociedad?

La violencia física de los enfrentamientos ha dado lugar a guerras teledirigidas que hacen menos imprescindible la participación masculina; la mujer ha ido incorporándose a todo un abanico de campos que antes le estaban vedados, con suficiencia siempre y a menudo con ventaja.

Su papel de estar al lado y un poco detrás de los hombres en un papel aparentemente pasivo durante los últimos 5 milenios le ha permitido desarrollar su intuición, creatividad y tolerancia, características que le dan una indudable ventaja sobre el género masculino. Si a eso le añadimos su capacidad organizativa, responsabilidad y mayor entereza frente a la corrupción, no es de extrañar su creciente participación en las funciones de liderazgo.

Ya hoy día, en los colegios mixtos, las niñas superan en calificaciones a los niños; en el colegio de mis hijos, los primeros lugares y los desempeños extraordinarios siempre estuvieron en manos de las alumnas. Se podrá afirmar que eso es temporal pues es conocido que las mujeres maduran más rápidamente que los hombres, pero esto se da igualmente en las universidades, donde en casi todas las carreras son las universitarias quienes se llevan los galardones en detrimento de los universitarios.

El último de los obstáculos es la proporción relativamente menor de sus ingresos. Las mujeres aun son peor pagadas que los hombres y ese es un obstáculo importante. Cuando la mujer sea remunerada equitativamente, el matrimonio dejará de ser el contrato de su subyugación, pues mientras el hombre gane más que la mujer estará en la posición de dominio en su hogar, ya que la familia dependerá más de sus ingresos. Y eso ¿qué significa?, que al hombre le deben demostrar que sus hijos son sus hijos como condición del mantenimiento del contrato matrimonial. La situación inversa deja a la mujer en inferioridad de condiciones, lo que se da solamente porque aporta menos a la economía del hogar.

Hombres de todo el mundo, a poner las barbas en remojo y dejen de consolarse con la discutible ventaja de ser mantenidos en un futuro próximo por sus mujeres.

EN EL DIA INTERNACIONAL DE LA MUJER

Hace 11 años, durante un viaje a China, me reuní con mujeres activistas que me hablaron de sus esfuerzos para denunciar la situación de las mujeres. Me ofrecieron un vivo retrato de los desafíos que enfrentaban: discriminación de empleo, atención de salud inadecuada, violencia doméstica y leyes anticuadas que perjudicaban su progreso.

Hace pocas semanas, las encontré de nuevo, durante mi primer viaje a Asia como secretaria de Estado. Esta vez oí de los progresos logrados. Pero a pesar de algunos pasos importantes hacia adelante, ellas no me dejaron duda de que aún hay obstáculos y desigualdades, como ocurre en muchas partes del mundo.

En todos los continentes he escuchado relatos parecidos, a medida que las mujeres buscan oportunidades para participar plenamente en la vida política, económica y cultural. Y el 8 de marzo, cuando celebramos el Día Internacional de la Mujer, tenemos la oportunidad de evaluar los progresos que hemos logrado y los desafíos que aún quedan y de reflexionar sobre el papel que las mujeres deben tener para ayudar a resolver los complejos desafíos mundiales del siglo XXI.

Los problemas que enfrentamos hoy son demasiado grandes como para resolverlos sin la participación plena de las mujeres. Reforzar sus derechos no es solo una obligación moral constante, es también una necesidad ahora que enfrentamos una crisis económica mundial, la expansión del terrorismo y armas nucleares, conflictos regionales que amenazan a las familias y las comunidades, y el cambio climático y los peligros que representa para la salud y la seguridad del mundo. Estos desafíos exigen todo lo que tenemos. No los resolveremos con medidas a medias. Y sin embargo, con frecuencia, en estos y muchos otros asuntos, la mitad del mundo queda excluida.

Actualmente, como nunca en generaciones pasadas, hay más mujeres que dirigen gobiernos, empresas y organizaciones gubernamentales. Pero esas buenas noticias tienen un lado débil: Ellas todavía son mayoría entre los pobres, mal alimentados y mal educados del mundo. Todavía son sometidas a la violación como táctica de guerra y explotadas por tratantes en el todo mundo, en un negocio criminal de billones de dólares.

Las muertes por cuestiones de honor, el daño físico, la mutilación genital femenina y otras prácticas degradantes todavía son toleradas en muchas partes. Hace unos pocos meses, una niña de Afganistán iba camino a la escuela cuando un grupo de hombres le tiró ácido a la cara, dañando permanentemente sus ojos, porque se oponían a que ella se educara. Pero su intención de aterrorizar a la niña y su familia fracasó. La niña dijo: “Mis padres me dijeron que siga yendo a la escuela, aunque traten de matarme”.

El coraje y la determinación de esa niña nos debe servir de inspiración a todos para seguir trabajando tan arduamente como podamos para asegurar que las mujeres gocen de los derechos y oportunidades que se merecen.

Especialmente en esta crisis financiera, debemos recordar que los estudios nos dicen que el apoyo a la mujer es una inversión de alto rendimiento, que resulta en economías más sólidas, sociedades civiles más vibrantes, comunidades más sanas y mayor paz y estabilidad. Y la inversión en la mujer es una manera de apoyar a las generaciones del futuro porque ellas gastan más en alimentos, medicamentos y educación de los niños.

Incluso en las naciones desarrolladas, el poderío pleno de la mujer está muy lejos de realizarse. En muchos países siguen ganando mucho menos que los hombres por el mismo trabajo.

Las mujeres deben tener la oportunidad de trabajar por salarios justos, tener acceso al crédito y abrir negocios. Merecen igualdad en la política, con igual acceso a la urna electoral y libertad para pedir a sus gobiernos y postularse a un cargo. Tienen el derecho al cuidado de la salud y de enviar a sus hijos a la escuela. Y tienen un papel vital que desempeñar en establecer la paz y la estabilidad en todo el mundo. En las regiones destruidas por la guerra, son las mujeres las que frecuentemente encuentran la manera de superar las diferencias y encontrar terreno común.

En mis viajes por el mundo en mi nuevo cargo, recordaré a las mujeres que he conocido en cada continente, mujeres que han luchado contra probabilidades extraordinarias para cambiar las leyes y poder ser propietarias, tener derechos en el matrimonio, asistir a la escuela, mantener a sus familias e incluso servir de mantenedoras de la paz.

Al trabajar con mis contrapartes en otras naciones, así como con ONG, empresas e individuos, seré partidaria franca de seguir promoviendo estas cuestiones. Lograr el potencial pleno y la promesa que las mujeres encierran no es solamente una cuestión de justicia. Se trata de mejorar la paz mundial, el progreso y la prosperidad para las generaciones.

HILLARY CLINTON. SECRETARIA DE ESTADO DE EE.UU.